“Cambio y fuera”, el mantra fallido en el confinamiento

“Cambio y fuera”, el mantra fallido en el confinamiento por Hache Holguín
“Cambio y fuera”, el mantra fallido en el confinamiento por Hache Holguín



Han pasado muchos días desde que empezó el encierro y, aunque el efecto socio-económico aún es incierto, si se siente un cambio extraño, personal y casi irreversible por cuenta de la cuarentena.

Transcurren y transcurren las semanas desde que la normalidad se fue tras cerrar las puertas por dentro, las experiencias de comunicación, trabajo, deporte y esparcimiento pasaron a ser recuerdos, y aún no queda claro si son recuerdos buenos o malos, por ahora el tiempo tiene la misión de resolverle, a cada uno y personalmente esa duda en el momento en que a él, al tiempo, le parezca conveniente.

Y hablando del tiempo, en muchos casos parece ser que es el único que sigue vivo e intacto, sigue pasando sin retraso por nuestras vidas mientras muchos de nosotros lo afrontamos con preocupación o resignación. Algunos, los más valientes, lo confrontan "reinventándose", palabra que me ha empezado acosar justo en el momento que parece que esto del encierro empieza a finalizar.

Me han contado que la “reinvención” tiene que ver con un cambio de postura profundo y definitivo ante las actividades laborales, por eso empiezo a pensar que mis síntomas no son de “reinvención”, lo mío puede ser parecido pero en su presentación crónica o aguda, lo digo porque además de las dudas laborales, me acosan dudas existenciales, dudas geográficas y hasta ortográficas, por eso desde ya ofrezco excusas al lector porque es posible que este texto tenga toneladas de párrafos con errores y faltas lingüísticas.

Pero ese síntoma de las dudas gramaticales es el que menos me preocupa, en el mundo de la “reputación on like” (término evolucionado de la “reputación online”), lo que menos importa para tener un “dedo arriba” o “corazón rojo” es justamente la ortografía, es más importante el activismo y el fanatismo desenfrenado, aunque la fórmula perfecta es ser gracioso en formato “meme”. Desde ese punto de vista pareciera que es el momento justo para nosotros los que no pasamos por ortodoncia y esa imperfección luce perfecta para el momento. Pero no nos engañemos, la dentadura imperfecta no hace subir las acciones, por más que esa imperfección sea fruto de un cuidadoso descuido.

Pero volviendo al tema central —puede ser que divagar sea otro síntoma del mal de la “reinvención” crónica—, los días en efecto se han vuelto raros, en mi caso los sábados son los nuevos lunes, ya los viernes no tienen ese toque de alegría y pronóstico de un día de descanso, esparcimiento o una salida a caminar en pareja. Ahora los sábados, aunque siguen siendo momentos en pareja, se asemejan a cualquier otro día, parecen un lunes laboral sin labores, o con labores acumuladas y sin remuneración.

Cambio y fuera”, fue el mantra que empecé a repetir, una frase vieja, oxidada pero vigente, una frase celebre en 1990, un año que me sirve de excusa siempre que evoco los buenos momentos de la vida; treinta años después parece que los buenos momentos no volverán.

Todo ha ido perdiendo su encanto y aparecen encantadores los recuerdos, por eso se renuevan viejos chats con amigos, mensajes de voz interminables que todo el mundo tiene el tiempo para confeccionar y repartir, porque a pesar de que el tiempo sigue su curso, parece que le queremos sacar el máximo provecho y la noche ya no termina a las 9:00 p.m., ni a las 10:00 p.m., la noche ahora se puede alargar sin freno como si fuera una rumba en la casa de un amigo, pero sin rumba y sin amigos.

En muchos casos la situación se lleva en soledad, en el peor de los casos se hace llevadera en soledad pero acompañado y ese puede ser el peor de los síntomas, ese, creo yo, es el síntoma definitivo, el que confirma que sin duda estamos ante la posibilidad de la “reinvención”, entonces los días posteriores el mal avanzará e invadirá la mente, asustará con proyecciones fatales que incluyen un freno en la economía, la necesidad de usar el barbijo eternamente (simpática forma en la que los argentinos llaman al “tapabocas”), la angustia de avizorar un futuro sin restaurantes, sin salas de cine, sin teatros, sin cafetines de esquina y, en consecuencia, la ausencia de amigos, la escasa presencia de familiares, y la eventual presencia de trabajo, pero el peor pensamiento es ese que tiene que ver con hacer perpetuo el momento, alargar este instante, prolongar este estado indefinidamente, el pensar la vida como un bucle infinito, un teatro de el mismo, con los mismos, en el mismo espacio hasta que se consuma el tiempo y nos lleve el mismísimo.

En este punto ya cunde el pánico, la vida parece irse directo en la dirección más predecible, sin desvíos, sin titubeos, sin ningún sobresalto diferente a los que el sistema, cada vez más arrogante e impositivo decrete. A los que por suerte la cuarentena los cogió en su punto de equilibrio personal y financiero, a ellos la “reinvención” no los acosará, no son población en riesgo para ese mal, pero a muchos la “reinvención” acecha y es el campanazo de alerta, el despertador en la madrugada que nos invita a buscar eso que llamamos felicidad, ese sentimiento de plenitud asociado con un lugar, buena compañía, tal vez bienes y en resumen, ese no sé qué necesario para por lo menos sentirse vivos.

Si todo eso desaparece, si la vida como creímos conocerla ya no volverá, si lo que sigue de aquí en adelante es tratar de trabajar para medio comprar comida y pagar lo básico, sin la posibilidad libre de poner un pie en el andén, con el temor de la virosis que acecha o el policía del tapabocas que censura el comerse un Cocosette en vía pública, sólo por el hecho de tener que descubrir la boca y la nariz, como si esas partes ahora también fueran pudendas. Si todo eso pasa, ¿qué sentido puede tener todo de aquí en adelante?

Y por ahí pasa todo, la boca y la nariz, su funcionamiento está siendo revaluado, la OMS, la OPS, y otras heces ahora condenan sin compasión lo que por ahí pasa o por ahí sale. Lo peor es que somos una sociedad obediente, hacemos caso al mandato de cubrir la boca y no ponerla en sitios peligrosos, entonces los besos se volvieron actos provocadores en el peor sentido de la palabra, entonces los besos ya no provocan nada, ningún avance, y la ausencia de los besos van sembrando el retroceso, un retroceso abonado por la rutina, por el momento de incertidumbre, por la posibilidad de vivir así el resto de los días, de no salir del encierro y estar en las burbujas en forma de apartamentos.

Cambio y fuera”, fue el mantra que empecé a repetir, una frase vieja, oxidada pero vigente, una frase celebre en 1990, un año que me sirve de excusa siempre que evoco los buenos momentos de la vida; treinta años después parece que los buenos momentos no volverán. En este punto atacan al tiempo, como una jugada maestra o estrategia perversa el mantra y la peste de la “reinvención”, acosan imponiendo la necesidad de cambio, de dejar fuera todo lo que no funciona y la obligación de buscar ese rumbo nuevo, difícil pero ojalá definitivo.

En mi caso el mantra parece fallido, aún no hay “cambio”, aún no hay cosas pa’ mandar pa’fuera, la “reinvención” se demora, siento que no está a la vuelta de la esquina, ni a la vuelta de la pandemia. Pese a esto, creo que después de esto será difícil seguir siendo el mismo, me siento incomodo con lo que hago, con lo que siento, con lo que digo y hasta con lo que pienso, de pronto me le pude esconder al virus que anda suelto pero a la sensación o efecto colateral de la cuarenta, a esa no le pude hacer el quite.

El “Cambio y fuera” suena más a canción irremediable que a cualquier otra cosa, el tiempo, nuevamente el tiempo como protagonista, será el encargado de decirme si en efecto esas tres palabras configuran un mantra, una canción o una maldición.

Bogotá, 13 de junio de 2020
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